Desde que inicié mi camino en las ideas de libertad supe que estaba sola, un día solo decidí ser más que espectador y hacer. La verdad no sabía cómo ni qué, solo el por qué y el para qué. El por qué era la libertad y el para qué para ser feliz.

Cuando descubrí la libertad sentía que tenía un tesoro y se lo contaba a todos, trataba de explicarles lo importante de un libre mercado, de por qué dudar de los políticos y miles de cosas que a muy pocos nos interesa. Muchas veces mis palabras son solo un tema más de conversación, otras avivan una inquietud, pero al terminar mi conversación con ellos esa inquietud pasa a segundo plano y se reemplaza por problemas cotidianos, más reales para ellos.

Así, para los que trabajamos en la defensa de la libertad, el camino nos resulta cada vez más estrecho. La semana pasada vinieron al país Agustín Laje y Nicolás Márquez y muchos nos atacaron con diversos peyorativos. Cuando conté lo que ellos plantean, muchas personas pusieron cara de burla y me di cuenta que la batalla era de nuevo solitaria.

Sentí que talvez no hacíamos lo suficiente, me pregunté en qué momento dejamos que otros intelectuales siguieran en lo suyo implantando en la cultura ideas falsas y cómo hoy el problema es cada vez más grave. Pero es solo controversia, burla, inquietante pero no trasciende.

Cuando leí el Manantial de Ayn Rand, el protagonista, Howard Roark, siempre estaba solo, peleaba una batalla de sentido común solo. Así estamos muchas veces los liberales, los reales. Esos que siempre dudamos del Estado y no le pedimos más que la defensa de la vida, la libertad y la propiedad. Estamos siendo locos, solos.

Y me quedé pensando en que la libertad es linda para eslóganes, para elecciones, para demagogia y para soñadores, pero que los ciudadanos de a pie no lo dimensionan, que los artistas, los jóvenes en bares y restaurantes no lo platican. Y me entristeció.

Sin embargo, después de pensarlo me percaté que si bien el tema para muchos es poco atractivo, la libertad es un diario vivir, está en cada proyecto de vida. Y pensé que eso pocos lo analizan.

Cada día, nuestra sociedad cambia más, cada vez hay más creyendo que el Estado sí debe permitir el aborto por razones cualquieras, otros están creyendo que el Estado sí puede solucionar la burocracia cuando él mismo la ha creado… Y otros tantos siguen solo viviendo su vida, sin pensar que esa puede truncarse en cualquier momento por ignorar lo que pasa.

Pero además cada día millones de personas se levantan a luchar por sus sueños, cada día miles tienen ideas nuevas, cada día muchos eligen ser feliz. Y recordé que siempre supe que estaba sola, pero que esas personas luchadoras eran mi objetivo y que tal vez ellos no podían ver las noticias todos los días, pero que estaban trabajando.

Entonces recobré mi fe en los individuos y me di cuenta que no necesitamos más que ser nosotros mismos y defender eso que creemos o deseamos, eso basta para impedir que lo malo trascienda. Quizás sea utópico, quizás no sea la solución que todos esperan, pero es la real.

Solo en la medida que los ciudadanos en su individualidad se proyecten así mismos, los frenos a la clase política serán más grandes. Los locos siempre seremos pocos, y tengo la certeza de que mientras nuestro por qué sea la libertad, las cosas siempre mejorarán.

Así que si leen este artículo y creen como yo en la libertad, comiencen su batalla hoy en lo que deseen, solos. Porque la libertad necesita individuos, no colectivos.


  • Por: Sandra Cárcamo