Como es costumbre, con el inicio de cada año, casi todos hacen una lista de buenos propósitos con la intención de convertirse en una mejor versión de ellos mismos. Algunas de las promesas más comunes son: ponerse en forma, dejar de fumar, conseguir un mejor trabajo, aprender un nuevo idioma, viajar por el mundo, etc. Algunos logran cumplir sus metas; la mayoría no. La falta de disciplina y paciencia por lo general terminan evaporando la esperanza de muchos.

Estos propósitos tienen su paralelo en las problemáticas del país y el trabajo del gobierno. A muchos nos gusta pensar que un El Salvador distinto es posible y que el gobierno pudiera hacer una mejor labor si tan solo se propusiera y disciplinara en seguir ciertos principios que a nuestro juicio son indispensables para lograrlo. En mi caso, dado que soy un partidario de la libertad y creo firmemente que en lo se refiere al gobierno “más vale poco y bueno, que mucho y malo”, considero que debería de seguir los siguientes “propósitos de año nuevo”:

1.    Privatizar los servicios públicos. Tal como indicó recientemente la diputada Jackelin Rivera, del FMLN, no es secreto alguno que el gobierno es un mal administrador de recursos. A diferencia del sector privado, en donde las consecuencias del uso inapropiado de los bienes recae directamente sobre sus encargados, carece de los incentivos necesarios para proveer servicios a buen precio y alta calidad. Si el gobierno desea contribuir al bienestar de la población, no tiene otra opción más que dejar al mercado proveer salud, agua, electricidad, educación, etc.

2.    Reducir  el gasto público, la deuda y los impuestos. Pareciera que con cada sesión plenaria el costo del gobierno aumenta. Esto, además de comprobar que nada de lo que los políticos nos prometen es “gratis”, también compromete el futuro de las próximas generaciones, desalienta el trabajo, el ahorro y la inversión. Antes de que el país  colapse como Brasil o Grecia, el gobierno debe enfocar gran parte de sus esfuerzos en reducir los costos de todas aquellas actividades que no son necesarias para la defensa de la vida, la libertad y la propiedad de las personas.

3.    Liberar el mercado y dejar de proteger las industrias nacionales de los rigores de la competencia. «¿Qué exige la riqueza de parte de la ley para producirse y crearse? Lo que Diógenes exigía de Alejandro: que no le haga sombra», esas fueron las palabras que escribió Juan Bautista Alberdi para explicar que la prosperidad es hija del libre trabajo. A un nivel muy básico, es indispensable que el gobierno entienda que el mejor remedio contra la pobreza es la libertad económica. Por ende, tiene que hacer todo lo posible por reducir su intervención en los asuntos empresariales y dejar de otorgar favores a sectores “indispensables” para la economía.

4.    Ampliar a los individuos el derecho a tomar decisiones importantes en sus vidas. Algunos políticos aún ven peligroso darle a las personas demasiada libertad sobre sus vidas. Todavía creen en el mito de que si a estas no se les  controla y dice qué hacer, inevitablemente abusarán de su libre albedrío y tomarán malas decisiones. Lo cierto, es que a mayor libertad, mayor oportunidad para los individuos para crecer y mejorar. No es casualidad que en aquellos países en donde el gobierno respeta las decisiones de sus ciudadanos, hay más armonía entre ellos. Por tal motivo, si el gobierno desea una sociedad más responsable y pacífica, este debe dedicar una porción de su tiempo en eliminar todas aquellas iniciativas que minan la autonomía personal.

A mi juicio, si el gobierno se disciplina y tiene la paciencia en cumplir estos “propósitos de año nuevo”, para cuando termine el “2017” habrá un mejor El Salvador. De lo contrario, si se rinde a mitad de camino y continúa con sus malos hábitos, volveremos a articular los mismos deseos de este año para el año siguiente… y así una y otra vez hasta que ya no se pueda más.

* Andrés Pino, columnista de Curul 85