Salarios mínimos: Represión de la libertad individual… ¡de los trabajadores!*

Típica gresca ha levantado el reciente acuerdo del Consejo Nacional del Salario Mínimo (CNSM) en el sentido de elevar el salario mínimo. Dependiendo del sector productivo y su tabla salarial, los costos laborales incrementarán entre un 15% y un 103%. No es constructivo seguir discutiendo con becerros lo evidente: El salario mínimo, usualmente colocado de manera política por encima del salario de equilibrio, ocasiona que la cantidad ofrecida de trabajo sea mayor a la cantidad demandada de trabajo, haciendo que se genere desempleo en países con alta capacidad de control y monitoreo del estado. En países con estados fallidos como el nuestro, se genera sobre todo subempleo y algo de desempleo (Gindling, Oliva y Trigueros, 2010).

El salario es nada más otro precio en la economía, dotado de la particular característica de tener nombre propio aparte del genérico. En un mercado libre, los precios expresan relaciones marginales de sustitución que sus consumidores tienen de esos productos y servicios respecto de otros. Así, el precio de las cosas se forma en función de los costos de oportunidad que las personas asumimos a partir de un comportamiento económico determinado. En cambio, cuando los precios no los determina el consumidor sino una instancia investida con un poder artificial desde la ley, pierden la capacidad de señalar la escasez relativa de las cosas que se supone valoran.

El salario mínimo expulsa al trabajador del mercado laboral “legalmente reconocido” y le motiva a operar en un mercado laboral paralelo, donde no le limiten su capacidad de decir qué es valioso y qué no. Básicamente, un salario mínimo le dice al trabajador “el trabajo que haces debe ser más especial de lo que se refleja en tu paga, sin que hagas nada por mejorar la calidad de lo que produces”. Esta fantasía parece posible para los que adjudican al político la capacidad de determinar el orden de la naturaleza, cual Dios en el Génesis. Sin embargo, para aquellos que sabemos las limitaciones de las que padece el político, que no son diferentes de las del resto de mortales, esta medida representa un incentivo a “dejar de contratar gente a la que le han dado paja de que hace más de lo que en realidad hace”. El ajuste se asoma entonces por la vía del volumen: No puedo pagar menos que el mínimo, entonces contrato menos personas a ese nivel y aparte le pongo más tareas a ese que contrato, “para sacarle el jugo”.

En el mundo empresarial esta medida es normal, ya que la función principal del empresario es asignar los recursos de acuerdo a aquellos usos que el mercado (es decir, el consumidor) estima más útiles para su felicidad. Es decir, la eficiencia técnica y asignativa. No hay mejor motivador que un precio de mercado, y si el precio del trabajo es controlado por el estado, entonces la mano de obra no está motivada a ser más productiva sin un ajuste interno vía volumen en las empresas.

El salario mínimo impacta alrededor de 80,000 personas en El Salvador. El dato es bajo si se le compara al total de la población (aproximadamente 1.3%), o al total de la PEA (2% aproximadamente). No ataca la verdadera problemática del empleo en el país: factores que hacen que la gente prefiera trabajar en la informalidad, a pesar del considerable costo de oportunidad en términos de seguridad social y beneficios para el retiro. Se simplifica diciendo que los trabajadores reciben poco “porque los empresarios son unos desconsiderados que no quieren pagar mejor”, pasando por alto los múltiples impuestos y demás costos de transacción que deben enfrentar para poder operar.

* Luis Alonso von Mises