Hace dos semanas la Asamblea cometió el amable error de endeudarnos más. El diputado Johnny Wright de ARENA aseguró que era por el bien del país, y todos posaron felices para fotos. Alardearon en sus redes sociales cómo “el diálogo” había concluido en algo “bueno”. Se felicitaron entre ellos. Y detrás de cada falso discurso, predominaba la idea de gobernar por “el país” y las líneas no dejaban más de erróneas invitaciones a agradecerles por apelar al bien común.

Pero, ¿existe el bien común? No. En una ocasión una profesora me decía que mis ideas liberales eran buenas, hasta que comenzaba a pensar solo en mí, y no en el bien común. Entonces comprendí, lo delicado que era la asimilación y aceptación de un concepto que no existe en la práctica porque resulta humanamente inaspirable e injusto.

El bien común hace referencia a la búsqueda de fines igualitarios, asumiendo con fatal arrogancia (como diría Hayek) que el bien que consideramos nosotros, es el bien que los otros buscan y que todos merecen. Lo inconcebible, no es que podamos compartir objetivos con otros, sino que generalicemos. Que creamos que “bien común” es aprobar una deuda, crear impuestos, construir leyes para minorías, tratar de igual por leyes y no ante las leyes.

Entonces, el bien común se convierte en una carnada en la que caen sentimentalistas que no ven más allá de lo obvio. Que pretenden ayudar a otros, obligando al resto a hacerlo. Que creen que buscar el bien propio es malo, cuando es lo más natural.

Es irónico, entonces que nos enseñen desde pequeños que ver por mis intereses está mal, cuando lo que en realidad me deberían enseñar es a defender mis posturas, creer en mi talento. Pero todo, con el respeto a los demás. Tildan a los liberales de egoístas por la búsqueda de nuestros propios objetivos e intereses, pero acaso ¿no es más egoísta y peligroso que los funcionarios decidan qué es lo bueno para todos?

Ayer, además el diputado Candray, de ARENA introdujo una iniciativa de ley para la salud mental en la cual dice que pretende ayudar al individuo a defenderse de sí mismo, a través de la creación de más intervenciones y falsa ayuda estatal. Esto, nos deja clara la idea de los políticos de considerarse tan inteligentes como para saber qué me puede hacer daño o qué no, asegurándome que me quieren salvar incluso de mí mismo, cuando en realidad me esclavizan a ellos.

Si me preguntan siempre la intervención estatal en cualquier ámbito será dañina, porque tengo una fiel creencia en los individuos y una clara desconfianza de los que dicen creer cuál es el bien que todos queremos. Cuando claramente no viven en las mismas condiciones.

Cuando veo que un presidente y su gabinete hablan de mejoras en seguridad pero con mis compañeros de trabajo podemos contar muchas historias de cómo nos robaron, asaltaron, de cómo no es seguro. ¿Ellos pueden entonces dictar que es “bien común”? Yo no lo creo. Entonces, analicemos si cada acción que toman los diputados, el presidente, incluso el fiscal, son de “bien común” y nos daremos cuenta que es la falacia más aceptada y más peligrosa.

*Sandra Cárcamo, columnista de Curul 85