A semanas de la próxima elección presidencial en los Estados Unidos de América, los respectivos candidatos del Partido Republicano y Partido Demócrata se enfrentaron por segunda vez en un debate televisivo organizado por la Universidad de Washington en la ciudad de San Luis del Estado de Misuri. El debate se llevó a cabo en medio de una serie de críticas que ponen en duda la moralidad de cada uno de los aspirantes para gobernar al país, particularmente la de Donald J. Trump, quien días antes al debate se vio involucrado en una controversia por sus comentarios denigrantes y vulgares hacia las mujeres.

Dicho lo anterior, hay cuestiones mucho más fundamentales que ponen en tela de juicio la capacidad de Trump y Clinton para presidir a la nación más poderosa del mundo, como por ejemplo, las ideas políticas que predominan en las agendas de gobierno de cada uno de ellos. En efecto, las ideas que los candidatos respaldan son tan nocivas que independientemente quien gane las elecciones el país pierde.

En cuanto a lo económico, tanto Trump como Hillary demostraron una vez más en su último encuentro que no creen en el libre comercio, lo cual es una lástima, porque el único sistema económico que realmente vela por el bien común es precisamente aquel que le permite a las personas intercambiar bienes y servicios sin ningún tipo de intervención estatal. De hecho, el motivo por el cual los Estados Unidos de América llegaron a ser tan prósperos es porque desde sus inicios le apostaron al libre mercado, pero ahora, esa vieja pero confiable fórmula parece ser cuestión del pasado y los candidatos actuales están más enfocados en promover medidas que les permitan regular la economía y socavar la creación de riqueza a su antojo.

Por otra parte, en relación a su política exterior, los candidatos también parecen haber abandonado por completo el espíritu de pluralismo cultural  y de no intervencionismo sobre la cual la federación se fundó. Desde mi punto de vista, juzgándolos únicamente en base a su último debate, ninguno de ellos está plenamente comprometido con una política migratoria sensible ni tampoco con una política militar pacifista, es más, entre ambos parece haber poco interés por cambiar el estado actual de las cosas, quizás porque mantenerlo tal cual está les brinda más poder.

En conclusión, me gustaría señalar que, dada la naturaleza altamente estatista de las políticas que presentaron ambos contendientes esta semana, sea quien sea el que gane las siguientes elecciones, el verdadero triunfador será el Estado.

*Andrés Pino: Columnista de Curul 85