Los ciudadanos son quienes mejor conocen la realidad del país, la viven. Pero evitan señalarla. Tienen miedo.

Gabriel Recinos

Como todas las mañanas, cientos de salvadoreños recorrían presurosos las calles de la capital. Miradas esquivas y fugaces hacia todos lados marcaban el andar de los ciudadanos mientras se movilizaban a sus destinos. Cada uno ensimismado en su espacio, como evitando cualquier contacto innecesario.

Eran las 6:30 de la mañana y la plaza Gerardo Barrios, en el centro histórico de San Salvador, mostraba un flujo constante y considerable de personas. Un clima agradable recibía a quienes permanecían en la zona. Todo parecía indicar que sería una mañana normal. Pero no sería así.

Las miradas de quienes se cobijaban bajo la sombra de la estatua al expresidente Barrios se concentraron unos metros adelante, como viendo el Palacio Nacional. Otros, a lo lejos, murmuraban y lanzaban miradas furtivas al mismo lugar. Unos cuantos, atraídos por los visitantes “extraños”, se acercaban, observaban, dudaban y se retiraban. Otros se mantenían expectantes.

Nadie se animaba a dar el primer paso, a saciar su curiosidad, a descubrir por qué había un curul, de esos que solo se ven en el Salón Azul de la Asamblea Legislativa, en medio de la plaza cívica a primeras horas de un lunes de noviembre.

Ese curul era el de los ciudadanos, el 85, el que pretende promover la participación de la población para que expresen sus ideas y cuestionen a los políticos. Era el curul que busca empoderar a la ciudadanía, era parte de la campaña “Ocupa tu curul”.

Pasaron los minutos y era evidente que había deseos de hablar, de cuestionar, de gritar lo que no está bien. Pero al acercarse a esas personas, la reacción era la misma: miradas bajas, respuestas medidas, como evitando dar un paso en falso. En fin, se percibía miedo.

Algunos accedían a conocer el objetivo de la campaña, preguntaban sobre el trabajo de Curul 85. Decían que “Ocupa tu curul” era una buena iniciativa, pues les daba el espacio para expresarse. Pero a la hora de ofrecerles ocupar su curul. Nada. Se paralizaban. Literalmente decían temer que sus palabras significaran una cosa: muerte.

Fuera del foco de las cámaras aseguraban que la situación del país es pésima, que quienes comandan los territorios son las pandillas, que no hay trabajo, que no importa lo que se diga o por quién se vote en las elecciones pues “las cosas no van a cambiar”.

Hubo quienes, cansados de no tener el espacio para expresarse, decidieron dar un paso al frente, decir lo que pensaban, cuestionar al Estado y a los 84 diputados de la Asamblea. Sus opiniones poco o nada variaban de las de aquellos que, ahogados por el miedo, preferían mantenerse en el anonimato.

Señalaron que el país no genera los empleos necesarios, que los niveles de violencia son peores que cuando estaba el conflicto armado, que las leyes parecen diseñadas para favorecer a los delincuentes, que están hartos de promesas vacías que solo se oyen cada vez que se acercan las elecciones. Como ahora.

El escenario parecía ideal para que más personas se sumaran a la campaña, para que más se animaran a ocupar su curul. Tras dos horas en el centro histórico de la capital salvadoreña quedó claro que la población quiere cambios, que no está conforme, que ha perdido la confianza en el gobierno y los diputados. Sin embargo, también fue evidente que la ciudadanía se está ahogando… en miedo.